El final del proceso en el Coaching de Equipos

El coaching de equipos es una experiencia apasionante, enriquecedora y muy gratificante.

Empezar el proceso con un equipo en el que priman los objetivos individuales, con baja cohesión y falta de confianza entre algunos de sus integrantes es un gran reto. Y en este reto el primer hito es vencer las barreras iniciales: suspicacia, miedo, dudas, desinformación…

Es necesario crear una atmósfera de tranquilidad, seguridad y confidencialidad en la que los participantes se sientan cómodos para hablar abiertamente sin temor a ser juzgados ni a que trascienda el contenido de las sesiones.

Tras la pandemia, la mayoría de los procesos siguen siendo online, con sus ventajas y sus inconvenientes. Recibimos menos información sobre el lenguaje no verbal y las interacciones de los participantes, dos aspectos que ayudan a entender las interrelaciones y cómo se comunican. Pero también nos permite observar sin resultar invasivos, ya que los participantes no saben a quién estamos dirigiendo la mirada. Todos reciben la misma imagen del coach y aunque estemos en primer plano se nos ve mirar a todos y a ninguno al mismo tiempo. Esto es especialmente útil en las primeras sesiones, cuando el equipo todavía está adaptándose y cogiendo confianza con el coach, porque hace que los miembros del equipo tengan la sensación de estar menos expuestos y se sientan más seguros a la hora de intervenir.

Después de un camino de sesiones en las que el equipo pasa a comunicarse de otra forma, toma conciencia de su potencial, desarrolla sus fortalezas, ve los puntos de mejora en sus formas de hacer, consolida la cohesión entre sus miembros, alinea sus objetivos y establece un plan de acción para el futuro, llega el final.

Ese momento en que les pido que compartan sus aprendizajes, sus reflexiones, sus compromisos y su sentir. Si ese momento tuviera un sonido, para mí sería un redoble de tambores: incertidumbre y emoción a partes iguales.

Comprobar que el equipo está satisfecho con el proceso y ha logrado lo que se había propuesto me hace sentir muy satisfecha y feliz. Haber contribuido a que el equipo salga reforzado y sus integrantes se sientan más seguros y felices no tiene precio.

Una vez apagada la cámara y en la intimidad llega mi momento: reflexionar sobre el proceso y rescatar los aprendizajes que me llevo. Porque ésa es otra de las grandezas del coaching, los coaches aprendemos mucho de nuestros clientes.

¡Gracias a todos ellos por hacer nuestra vida más rica y feliz!



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