
Hoy hace 25 años que empecé en mi primer trabajo serio. Con mi juventud e inexperiencia de aquel momento, eso significaba para mí entrar en una gran corporación.
No fue un día fácil: la oficina estaba en un lugar espantoso, casi sin urbanizar, a escasos metros de “La Celsa”, que era uno de los mayores puntos de venta de droga de Madrid, y los yonkis se pinchaban al otro lado de los muros del edificio, porque era el único sitio que estaba iluminado por la noche, por lo que lo primero que vi antes de entrar fueron jeringuillas usadas en el suelo. 🤦♀️
Cuando entré, el recibimiento fue de todo menos cálido. Había un problema de distribución y los compañeros esperaban más camiones, no una niña pija enchufada (como más adelante me confesaron que me veían) que no sabía nada del negocio y a la que encima había que prestarle atención. Por suerte, no todos fueron así, pero la mayoría se limitó a decirme hola y mirar con cara de pocos amigos al director, que les había dicho que iba a llevar una sorpresa, y en lugar de con camiones apareció conmigo. 😬
El ambiente era de una gran tensión y no fue un día nada fácil para mí. Había entrado en un mundo nuevo, no sólo en el sentido profesional, sino también personal y el día se me hizo larguísimo. Al salir de la oficina y llamar a un taxi para volver a casa, a mi zona, con mi gente, lo primero que pensé fue “¡Yo no vuelvo a esta cloaca!”. Estaba desmoralizada y horrorizada por lo que había visto y por el recibimiento que tuve. Pero pasado el sofoco, me sobrepuse, pensé que no podía rendirme y al día siguiente volví con mi mejor sonrisa, a pesar de que no tenía ninguna gana.
Poco a poco me fui integrando y, sin darme cuenta, pasaron 18 años hasta que decidí cambiar de rumbo.
En esos 18 años salí de la burbuja y aprendí mucho: del trabajo, de los clientes, de los compañeros, de los jefes, del mercado, de la organización, de la competencia…
Cuestiones que, cuanto más fui conociendo, más fui relativizando, como ocurre siempre con el tiempo y la experiencia.
Pero de lo que más aprendí, sin ninguna duda, es de las personas. De todas, sin excepción. Un aprendizaje que me hizo abrir la mente, descubrir que algunas cosas que pensaba eran prejuicios fruto de la ignorancia o de lo que había vivido hasta ese momento en mi “mundo paralelo”, como lo llamaba uno de los compañeros que se convirtió en una persona muy importante y querida para mí.
En definitiva, madurar, cambiar mi visión, pero también tener más colmillo y no quedarme con lo que se ve a simple vista, ni dejarme llevar por los falsos discursos, sino por los hechos, las acciones y lo que no se dice con palabras.
Como en todo en la vida, en esos 18 años hubo luces y sombras. De las luces disfruté, de las sombras aprendí.
Lo mejor de todo, sin ninguna duda, fueron los amigos que hice y que a día de hoy conservo, aunque alguna amistad se haya enfriado o desvanecido con el paso del tiempo.
Lo peor, el lado oscuro de algunas personas con las que no queda más remedio que convivir y que, a pesar de ser difícil y en muchas ocasiones insoportable, fue un gran aprendizaje para mí. Esas personas me hicieron aprender a ver más allá de la apariencia, a pensar en las motivaciones que, en muchas ocasiones, se esconden detrás de formas de actuar aparentemente inofensivas, a gestionar mejor mis reacciones y elegir mis batallas y, sobre todo, a valorar aún más el tener un círculo personal lleno de personas honorables y buenas, que me quieren bien, me cuidan y me respetan. También a sentirme aún más afortunada por los valores, principios y educación que me inculcaron mis padres, a los que no renuncié a pesar de la enorme presión a la que me vi sometida durante años por algunas de esas personas y de lo cual me siento enormemente orgullosa.
Hace unos meses estuve trabajando en un Programa de Coaching Ejecutivo para una Big Four de consultoría dentro de un programa de Desarrollo de Talento para futuros líderes. Durante las sesiones, al escuchar sus razonamientos y su forma de enfocar el trabajo y la vida, me vi a mí misma en aquel tiempo en que tenía toda la energía e ilusión del mundo, pero casi todo por aprender. Cuando me creía que lo sabía todo y en realidad acababa de caerme del guindo.
Durante esos meses trabajando con ellos, tuve que hacer un gran esfuerzo por limitarme a ser coach, preguntando, sin opinar ni dar consejos. Es algo especialmente complicado cuando te identificas personalmente con el cliente, y, en este caso, me ocurrió con casi todos ellos. Veía clarísimo todo el recorrido profesional y vital que les queda por delante para llegar a ese punto en que todo haya tomado una dimensión más relajada, salvo lo realmente importante, que para mí han resultado ser la salud y el amor en el más amplio sentido de la palabra. Para ellos puede que sean otras cosas, pero lo que tengo claro es que no serán las que tienen en mente ahora. Al menos no al 100%, ni en ese orden de prioridad.
Esta experiencia ha sido muy enriquecedora para mí, primero por poder beber de esa energía e ilusión de los que ahora veo jovencísimos, y en segundo lugar por tener que enfrentarme al desafío de dejar a un lado mi visión y mi punto de vista en cada sesión para que lo que primara fuera la suya, la que realmente importa en el Coaching, y lograr así que llegaran a sus propias conclusiones. Del resto ya se encargará el tiempo. 😉
Estoy segura de que la mayoría de ellos tendrán una carrera muy exitosa, porque son brillantes, súper trabajadores y están dispuestos a sacrificar horas de sueño para lograr las metas profesionales que se han propuesto. Pero, ahora que ya no estoy con la gorra de coach puesta, me voy a permitir el lujo de decirles que el tiempo pondrá todo en su lugar y les enseñará lo que es realmente importante y que estos años frenéticos de trabajo sin descanso y reuniones interminables llegarán a su fin y será entonces cuando se darán cuenta de lo que han aprendido de los demás y se verán mejor a sí mismos. Y que no olviden que las empresas las hacen las personas y las personas no son sólo el trabajo que desempeñan o el puesto que ocupan, sino mucho más. El trabajo y el puesto son circunstanciales, las personas no.
Ah, y por supuesto, ¡¡¡que disfruten del camino!!! 😊
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