Despreocupación

Coaching para vivir en equilibrio (incluso cuando la vida no lo está)

«Despreocupación«

Ésta es una de mis fotos favoritas. Creo que habla por sí sola. Yo la llamo “Despreocupación”: mi hermana, mi mejor amiga y yo en las gradas del campo de fútbol municipal de Navacerrada viendo jugar a nuestro padre y nuestro hermano con sus amigos. Sin más. Tan panchas.

La tengo en mi mesa de trabajo y la miro muchas veces anhelando sentir lo que sentía en ese momento.

Hasta que llegué a la etapa adulta mi vida fue casi perfecta: una familia estable, con unos padres que se querían muchísimo y nos adoraban y cuidaban hasta el mínimo detalle a mis dos hermanos y a mí. Poco más se necesita siendo un niño. Pero nosotros, además, crecimos en un entorno privilegiado, con mucha armonía, con unos abuelos maravillosos que nos mimaban, tíos y primos con los que jugábamos y disfrutábamos muchísimo, rodeados de familias como la nuestra, yendo a un buen colegio, viajando, haciendo deporte. Una vida estable y acomodada en la que no sólo no nos faltó de nada, sino que tuvimos todo lo que queríamos y más. A pesar de que mi padre siempre nos decía que éramos muy afortunados por tener la vida que teníamos y mi madre se esforzaba por hacernos valorar cada cosa que nos daban, yo siempre lo di por hecho. Tardé años en darme cuenta de la razón que tenían.

Un tiempo después de empezar a trabajar, descubrí que era una “niña burbuja” que había crecido en un mundo ideal, pero que había mucho más allá de ese mundo. La burbuja se rompió y empezó una nueva vida para mí. Tomé conciencia de todo lo que me había rodeado siempre, sin yo saberlo, en los mundos paralelos al mío, como los llamaba un amigo de esa nueva vida.

Lo que ocurría en esos mundos empezó a tocarme, primero de lejos, luego más de cerca y eso me hizo madurar a marchas forzadas. Poco a poco, fui tomando conciencia de la cara menos amable de la vida: la necesidad, la enfermedad, la mentira, el desamor, el miedo, la inseguridad, la mala salud, las pérdidas, los abusos, el miedo y tantas otras cosas más que, hasta entonces, habían estado al otro lado del fin de mi mundo.

Llegó la vida adulta. El tiempo empezó a correr, siempre en sentido opuesto al deseado: rápido cuando estás disfrutando, muy despacio cuando estás sufriendo.

Los años empezaron a cobrarse su factura en la salud de unos y otros y mi conciencia sobre la enfermedad, el dolor y las pérdidas se fue haciendo cada vez más fuerte. Entonces llegó la ansiedad. No estaba preparada para todo lo que empezó a pasar a mi alrededor, lo que ocurría fuera de la burbuja me superó. ¿Sería mejor haber tenido una infancia más difícil que me hubiera preparado para la vida adulta? Como en todo, los extremos no son buenos, pero si tengo que elegir, me quedo con la mía. Prefiero la ansiedad que pueda provocarme todo lo feo de la vida, que estar más insensibilizada por haber tenido otra infancia.

Sin darme cuenta me he hecho mayor. Ahora soy yo la señora que dice “En los últimos años he ido más al tanatorio que a bautizos, bodas o comuniones”.

Cuando empecé mi formación como coach me preguntaron qué era el éxito para mí y respondí con una palabra: Tranquilidad. Lo sigo pensando, pero hace unos días decidí ponerle un matiz. Voy a dejar de esperar que llegue un momento tranquilo, en que no ocurra nada malo, porque siempre pasan o pueden pasar cosas. He asumido que puede ser así y que anhelar la despreocupación de la foto, el cero problemas, no es bueno para mí, porque no es realista y me hace sufrir. Desde que lo he asumido me siento liberada. He tardado en llegar a esa conclusión, pero estoy feliz de haberlo hecho y, sobre todo, mucho más tranquila (valga la paradoja 😉)

A partir de ahora, cuando mire la foto, trataré de sustituir la nostalgia por una sonrisa. Pensaré en lo afortunada que soy por haber podido vivir así y en los momentos felices que quedan por venir que, aunque no sean perfectos, serán maravillosos en el que ya es mi mundo hace muchos años, fuera de la burbuja.

Como coach, acompaño a personas que, como tú y como yo, buscan recuperar esa paz interior desde un lugar realista, consciente y maduro. No se trata de volver al pasado, sino de aprender a vivir con más equilibrio, incluso en medio de la incertidumbre, y sonriendo al mirar atrás.

Si tú también sientes que necesitas reencontrarte con esa paz interior —no perfecta, pero sí posible—, el coaching puede ser el comienzo del camino.

Estaré encantada de acompañarte.



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