Se acaba el año, al menos para mí. ¡Mira que he cambiado desde que salí de la facultad!, pero sigo sintiendo que el año se acaba a finales de junio.
Para muchos empiezan las vacaciones y es el momento de coger las maletas, alejarse de casa y desconectar.
¿Desconectar?…
Parece que sólo con pensarlo o decirlo vamos a dejar nuestro mundo atrás, pero no es así. Nuestro mundo interior no toma vacaciones, también va en la maleta. Las vacaciones son un paréntesis y nuestra realidad nos estará esperando a la vuelta.
Además de descansar, “desconectar” y disfrutar del tiempo libre, durante las vacaciones también hay lugar para la reflexión. Nos planteamos si estamos en el camino correcto, nos preguntamos si queremos seguir con nuestra vida como hasta ahora o si ha llegado el momento de hacer cambios. Pensamos en lo que haremos a la vuelta y, los más intrépidos, decidimos lo que haremos y cuándo.
Pero luego llega el momento de enfrentarse a la realidad. Cuando entramos en casa, guardamos todas esas reflexiones en la maleta y nos refugiamos de nuevo en la zona de confort. Dejamos de pensar y seguimos sin mirar atrás, como si todo lo que nos planteamos cuando estábamos lejos hubiera desaparecido. Pero nos engañamos, sigue ahí. Lo llevamos con nosotros en el día a día, aunque prefiramos hacer como si no estuviera y seguir sin mirar más allá de la falsa seguridad que, como al hámster, nos ofrece la rueda.
“Los hombres grises prometen que ahorrar tiempo es lo mejor que se puede hacer, y pronto nadie va a tener tiempo para nada. Ni siquiera para jugar con los niños.”
Momo (Michael Ende)
Pocas cosas hacen tanto daño como el autoengaño. Negarnos la realidad hace que en nuestro subconsciente vaya acumulándose la frustración, hasta que un día el vaso se llena y todo lo que hemos guardado año tras año en la maleta da la cara y nos desborda. Cuando menos lo esperamos, nos damos cuenta de que no podemos más. Esto nos puede llevar a tomar decisiones desde la angustia, la ansiedad, la tristeza y muchas otras emociones que no nos permiten pensar con claridad ni perspectiva. Es como ponerse en marcha después de una anestesia, hace falta recuperar la claridad y para eso hace falta tiempo.
¿Acción o reacción? Elegir está en nuestra mano. Se puede diseñar un plan de cambio desde la tranquilidad, cuando el vaso está medio lleno (¿o medio vacío?) o desde la prisa cuando el vaso se desborda.
El coaching es la herramienta ideal para hacerlo, potenciando nuestras habilidades, acercándonos a nuestra mejor versión y haciendo que nos sintamos más satisfechos y realizados. Eso sí, siempre sobre la base de nuestros valores, nuestra realidad y aquello y aquellos con los que nos hemos comprometido libremente.
No se trata de buscar esa felicidad utópica, origen del desgaste, la frustración y el desengaño que padecen muchos. Si no de sacar a la superficie tu Propósito de Vida, decidir qué cambios necesitas y quieres hacer en tu vida, planificarlos, ponerlos en marcha y consolidarlos en el tiempo.
Seas de los que su año acaba en verano o en Navidad, si realmente sientes que necesitas un cambio no lo dejes en tu maleta. Sólo se vive una vez y cuando nos damos cuenta han pasado los años y seguimos subidos en una rueda en la que no queremos estar o que no nos satisface.
Nada más lejos de mi intención que generalizar. Seguro que habrá muchas personas que son felices con su vida actual y no necesitan hacer ningún cambio. Pero, si eres de las otras o conoces a alguien a quien creas que podría venirle bien hacerlo, ponte en contacto conmigo o hazle llegar este post.
Estaré encantada de explicaros cómo puedo acompañaros en ese viaje.
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