El olor a Nivea me devuelve a mi abuela Piti y me hace sonreír. El olor de las arizónicas me lleva de vuelta a la adolescencia y me llena de energía. Ver una ardilla me transporta al balancín del porche de Nava y me llena de paz. Y los días de lluvia me hacen viajar de nuevo a Biarritz…
Los cinco. Mis padres con un chubasquero negro. Mis hermanos y yo con uno amarillo como pequeños Capitanes Pescanova. Paseando por Biarritz, con el suelo brillante y las calles medio vacías por la lluvia. Emocionados por estar en Francia que, aunque está tan cerca, con la dimensión de la infancia se veía tan lejos y toda una aventura. Deseando decir lo que fuera en francés: ‘escalope de voie à la viennoise et sorbet de framboise’ pedía mi hermano.
Volver en el coche a San Sebastián, con la cinta de Charles Aznavour sonando en la radio. Papá al volante, siguiendo el ritmo de la música con los pulgares y con una rendijita de la ventanilla abierta para echar el humo del puro, Mamá dormida en una de las tres posiciones que Papá bautizó como la descangayada, la degollada o la muerta. Y mis hermanos y yo felices. Dormidos, despiertos, jugando, peleando… como fuera, pero felices.
Flashes de momentos de extrema felicidad que están grabados en mi memoria.
Recuerdos como esos son el punto de partida para una de mis dinámicas de coaching favoritas: definir el Propósito de Vida. Que los clientes depositen en mí su confianza compartiendo vivencias tan personales es un honor. Ser testigo de esos momentos en los que se sintieron plenos y ellos al 100% y contagiarme de su energía positiva es muy gratificante. Y ver como recuperan esas emociones al revivirlo no tiene precio.
Y por eso me siento afortunada. Por tener un trabajo que me hace crecer cada día al ayudar a las personas a encontrar o reencontrarse con su Propósito y avanzar hacia su mejor versión.
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