Arriba y abajo

Mi madre siempre nos decía: «Niños, recordad que de abajo hacia arriba se va fenomenal, pero de arriba hacia abajo es más duro«. Nos contaba el caso de una amiga de la infancia que pasó de vivir con todos los lujos a tener que apretarse el cinturón y vivir pensando en llegar a fin de mes por un revés de la vida.

La vida es como una montaña rusa: subidas y bajadas constantes. Y, como no, las omnipresentes emociones en todas ellas. La adrenalina del éxito: orgullo, satisfacción, alegría, miedo a caer, vértigo… La oscuridad del fracaso: inseguridad, vergüenza, incertidumbre, miedo, aislamiento, tristeza, soledad…

Y por éxito y fracaso no sólo me refiero al profesional y económico, que también. Si no al personal: los afectos, la realización, lo que damos a los demás, a quién vemos cuando nos miramos al espejo, qué pensamos y sentimos cuando se apagan los focos, nos quedamos a solas y nadie nos ve.

Cuando miras desde arriba parece que todo se ve con claridad y que la seguridad es directamente proporcional a la altura. En esos momentos el ego nos puede jugar malas pasadas. Estar tan cerca del sol puede cegarnos y hacernos perder de vista el suelo.

Es entonces cuando, sin saberlo, más necesitamos a nuestros pilares (la familia, los amigos, la pareja) para que nos recuerden quiénes somos y que estar ahí es sólo circunstancial. Que no somos más que nadie. Como no son menos aquéllos que están abajo. La única diferencia es la altura. Pero la persona es la misma y el gran reto es no perder la esencia. Esa esencia que es lo único que te ayudará si algún día te toca caer. Nada peor que llegar abajo y darte cuenta de que la soberbia te cegó cuando estabas arriba y te hizo alejarte de tus principios, de tus valores e, incluso, de tus seres queridos.

La buena noticia es que quienes te quieren de verdad son los únicos que seguirán ahí para ayudarte a recordar quién eras, recoger los pedazos y recomponerte. Sin embargo, los otros, los sempiternos palmeros que hacían lo propio hicieras lo que hicieras y te reían la gracia, aunque no la tuvieras, desaparecen como por arte de magia. Se van en pos de un nuevo cóndor al que palmear para poder vivir en las alturas subidos a su lomo.

En los procesos de coaching no sólo hay que enfocarse en el logro de los objetivos definidos por el cliente. Hay que ir más allá: ayudarle a verse desde fuera, con todo lo que eso implica. Invitarle a comprobar si sus afirmaciones y sus acciones están alineados con sus valores y con quién quiere ser. Especialmente si se trata de directivos y ejecutivos que tienen más riesgo de cegarse por el estatus profesional y el poder que les da la silla que les ha cedido temporalmente la compañía. Algunos creen que la silla y el poder son suyos, y eso les hace estar aún más lejos del suelo… Ayudarles a verse desde fuera y abrir el paracaídas para ir bajando poco a poco hasta volver a tomar contacto con el suelo es apasionante.

No sabría decir qué es lo que más me gusta de mi trabajo, pero una de las cosas que más me llena y más feliz me hace es ver la cara de mis clientes en la sesión de cierre cuando se dan cuenta del cambio de visión que han experimentado a lo largo del proceso, en la mayoría de los casos sin ser muy conscientes de ello, ya que es algo que ocurre de forma gradual. Ver, no sólo lo que buscaban al principio, si no cómo lo enfocaban, y darse cuenta de que su visión es otra y del cambio que han experimentado es un momento ¡wow! donde los haya.

Muchos llegan a la primera sesión cegados por la altura. Viven y trabajan dejándose llevar por las prisas, los prejuicios, los objetivos, el corto plazo, su rol ejecutivo, su equipo, su poder, mirándose mucho el ombligo, sintiéndose dueños de los éxitos y culpando al resto del mundo de los fracasos.

Y se van habiendo vuelto a poner los pies en el suelo, dándole su justo valor a la altura y poniéndose a sí mismos en primer lugar para poder cumplir con aquellos a quienes quieren y lograr lo que desean.

Ser testigo y cómplice de esa transformación sencillamente no tiene precio.



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