Ordenar las prioridades lo cambia todo.


La semana pasada, una clienta me dijo: «¡No puedo más! Llego a todo… pero llego rota.»

Después de recomponerse, porque se rompió tras decir eso, exploramos su realidad. Me contó que su agenda era un cajón desastre en el que cabía todo: reuniones, llamadas, proyectos, hijos, pareja, recados, compromisos sociales, formación… Y que al final del día, la sensación no era de haber avanzado, sino de haber sobrevivido.

El problema no era la cantidad de cosas. Era el orden en el que entraban al bote. Todo tenía el mismo peso. Todo era «urgente».

Me recordó al conejo de Alicia en el País de las Maravillas: siempre corriendo porque llega tarde, sin tiempo para preguntarse si merece la pena seguir corriendo.

Le planteé esta metáfora: Imagina que quieres llenar un bote de cristal con piedras y arena. Las piedras simbolizan lo que de verdad mueve tu vida, los proyectos importantes para ti y la arena son las tareas pequeñas, los correos, lo que surge en el día a día. Si metes primero la arena y luego intentas meter las piedras grandes, ¿qué pasa?

Me contestó: “Hay piedras que se quedan fuera”.

¿Y si empezaras por las piedras grandes? Ahí cambió su mirada: “Si meto las piedras grandes y luego las más pequeñas, la arena encajará en los huecos que quedan”.

El bote es el mismo. El tiempo es el mismo. Lo que cambia es el criterio con el que decides qué entra primero.

Esto es lo que diferencia a quien avanza con foco de quien simplemente está muy ocupado.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿sabes cuáles son tus piedras grandes? No las que crees que deberían serlo. Las que realmente lo son para ti, en este momento de tu vida o de tu carrera.

Uno de los problemas más comunes que me encuentro —tanto en directivos con equipos a su cargo como en emprendedores que gestionan su propio proyecto— es confundir urgencia con importancia. Metemos al bote lo que grita más alto, no lo que más pesa.

El resultado: llegas a todo, sí. Pero llegas sin gasolina, sin perspectiva y, con el tiempo, sin motivación. O peor: dejando fuera, sistemáticamente, aquello que más importa.

Priorizar no es hacer menos. Es hacer lo que consideras importante, en el orden correcto y con la energía adecuada.

Y eso requiere algo que no se improvisa: claridad.

Claridad sobre qué quieres conseguir, qué rol tienes tú en ese proceso y qué puedes —o debes— soltar, delegar o simplemente eliminar.

Para pasar de la teoría a la práctica, te dejo tres preguntas:

No hay respuestas correctas ni incorrectas. Solo necesitas mirar tu bote con honestidad.

Ordenar el bote es cuestión de método.

Si quieres identificar tus piedras, ordenar tu bote y avanzar en lugar de sobrevivir, estaré encantada de acompañarte a co-diseñar tu nuevo método.

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