Ella es pequeña, segura, feliz.
Está tranquila, jugando. No tiene nada de lo que preocuparse. Todo es fácil. No hay dolor. No hay miedo. Sólo juegos. Papá, Mamá y los hermanos. El cole. Jugar. Divertirse. Papá y Mamá son jóvenes, indestructibles y ella no sabe, ni siquiera se imagina, que todo eso no es para siempre.
Que la vida va a cambiar. Le va a cambiar. Al principio sin notarlo ni darse cuenta. Después, siendo cada vez más consciente, hasta convertirse en esa señora mayor que acaba de entrar en la habitación y la mira con ternura, como desde otro planeta, otro tiempo, otra dimensión.
Esa señora le dice que es ella en el futuro.
Pero ¡¿qué dice?!, ¡¡¡si yo estoy aquí!!! Esta señora está loca, pero me gusta, es como si la conociera. Como si la conociera mucho. Y me dice que me quiere y que va a cuidar de mí lo mejor posible. Que siempre ha intentado cuidarme. Pero ¡¿qué dice?!, ¡¡¡si nunca ha estado conmigo!!!
Pero me cae simpática. Me gusta. Sobre todo, porque sonríe, y su sonrisa se parece a la mía. Es raro porque es como si me mirara en un espejo. Pero yo soy pequeña y ella es mayor, ¡muy mayor! ¡¡No puede ser!!
Aunque no entiendo nada, sí entiendo lo que me ha dicho antes de irse: que nunca deje de sonreír. La verdad es que me gusta sonreír, así que será muy fácil. Cuando se lo digo ella me mira con ternura, como si estuviera diciendo una tontería. Pero yo creo que es fácil, muy fácil. ¡Si lo hago todo el tiempo!
Yo le he dado la mano y le he dado un beso porque sé que a los mayores les gusta. Siempre me lo piden, aunque no sé por qué. Así que se lo he dado porque me cae bien y así se irá contenta y lo mismo vuelve a verme otro día. Me cae bien y es simpática.
Después de irse me he dado cuenta de que había dejado una foto mía debajo de mis juguetes, y por detrás había escrito: “Eres maravillosa, no lo olvides. Y nunca dejes de sonreír”.
Escribí este relato durante la cuarentena, en un taller de escritura al que me apunté y, un tiempo después, en un taller para coaches, me di cuenta de que tenía bastante que ver con la Visualización. Es una herramienta muy potente que utilizamos en Coaching. Un ejercicio de introspección precioso, en el que ayudamos al cliente a desconectar, para reconectar con su Yo interior y recuperar la calma y la claridad en su visión. Cuando acaba le invade una sensación de paz y tranquilidad que merece la pena experimentar. En la última visualización que hice con una clienta hace unos días, cuando se marchaba me dijo que se iba flotando, tranquila y feliz.
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